En una reciente entrevista concedida
al periódico ABC, Pierre Lemaitre se
autodefine como el último de los escritores del siglo XIX.
Lo que en principio pareciese ser
un pretencioso título para un escritor del siglo XXI, adquiere plena certeza
con la lectura de su última novela, Los
colores del incendio, continuación de la celebrada Nos vemos allá arriba, donde se narraban las aventuras y
desventuras, sobre todo estas últimas, de dos amigos a los que la Primera Gran
Guerra une en desgracia: Albert Maillard y Édouard Péricourt. Novela por la que
le fue concedido el Premio Goncourt, que no es cuestión baladí al tratarse de
la mayor condecoración para un escritor en el país con más raigambre literaria
del mundo: Francia.
Así pues, considerarse miembro del
mismo club de Emile Zola, Gustave Flaubert, Guy de Maupassant, Pierre Loti, Paul
Bourget, Edmond de Goncourt, no supone ningún gesto de arrogancia de Lemaitre,
y su nuevo libro refrenda esta camaradería aunque resulte extemporánea.
En efecto, el ritmo narrativo y el
nervio estilístico de Lemaitre, en esta nueva novela, es el de un avezado
folletinista del siglo XIX. No nos confundamos, no utilizo este adjetivo en el
sentido peyorativo que a veces suele concedérsele; el término folletín suele ser atribuible a obras
dirigidas a porteras o amas de casa que se publicaban por entregas en los
periódicos, lo que sin duda les confería poca calidad en la presentación, no en
el contenido. Pero esta adscripción a un público a priori poco exigente,
resulta ser absolutamente injusto. Por folletín
me refiero a la narración con giros dramáticos tan hábiles que hacen que el
lector lamente la cercanía del final por lo que está disfrutando y se apresure
a comprar el próximo número del periódico que la contiene. Esto solo lo conseguían
los maestros, no en vano los reyes del folletín fueron Honoré de Balzac en
Francia y Charles Dickens en Inglaterra.
Los colores del incendio es la historia de una venganza. Considerada
globalmente, la trama no es original. Me recuerda El conde de Montecristo, intercambiando a Edmundo Dantés por
Madeleine Péricourt y, eso sí, en un menor número de páginas. En síntesis, el
argumento se inicia con la caída en desgracia de Madeleine, una rica heredera, a
la que una tragedia familiar y la posterior traición, urdida por sus allegados,
la sume en el abismo de la miseria, hasta que llega la oportunidad de llevar a
cabo su venganza, lo que constituye el núcleo de la historia.
Pero al margen de esta similitud
argumental folletinesca, que espero no disuada al potencial lector, no se
engañen. La novela es una delicia.
Ambientada en el París de entreguerras,
el autor hace gala de un conocimiento de época que demuestra el prolijo trabajo
de documentación que hay detrás. La prosa ágil y fresca jamás se detiene en
hechos irrelevantes que resulten fatigosos o innecesarios, y la fuerza de los
personajes conforman una historia verosímil y absolutamente empática, página
tras página, dejando un regusto en el lector a las novelas realistas de los
grandes narradores decimonónicos franceses citados al principio de esta reseña.
De ahí la comparativa.
Toda la novela es la demostración
palpable de la versatilidad de este escritor, cuyo eclecticismo temático
continúa fascinándonos, tanto con relatos de esta naturaleza, como con la serie
de las cruentas novelas policíacas del comisario Camille Verhoeven, o las
vicisitudes de una pobre víctima de la reciente crisis económica en su anterior
novela Recursos inhumanos.
Los amantes de la literatura
estamos de enhorabuena con la aparición de esta nueva novela. Y si la publicasen
en folletín, no me daría llegada la hora de la apertura del kiosco para conseguir
el ejemplar del periódico que imprimiese el siguiente capítulo.
José M. Ramos
Pontevedra, 6 de abril 2019